¿Necesitamos el papel de la autoridad para vigilar y castigar a nuestro monstruo interior?
La autoridad ha sido, desde tiempos inmemoriales, un pilar fundamental en la organización de la sociedad. Su existencia responde a la necesidad de establecer límites, garantizar la convivencia y evitar el caos.
Sin embargo, ¿hasta qué punto es la autoridad necesaria? ¿Es posible imaginar un mundo donde las personas actúen correctamente no por miedo al castigo, sino por un sentido interno de responsabilidad y madurez?

Michel Foucault, en su obra "Vigilar y castigar", describe cómo la sociedad ha evolucionado en sus métodos de control, pasando de castigos físicos visibles a una vigilancia omnipresente que genera la sensación de estar siempre observados. Este modelo de poder opera en base al miedo: miedo a la sanción, a la pérdida de estatus, al daño a la reputación. En muchas ocasiones, no es la ética personal lo que nos frena, sino la posibilidad de ser descubiertos. Este es el efecto del miedo sobre nuestra individualidad: un mecanismo que asegura el funcionamiento del engranaje social. Es lo que sostiene la necesidad de que existan abogados y la fuente de su trabajo, de hecho.
Como bien explicaba Jeremy Bentham con su concepto del panóptico, la sensación de estar bajo vigilancia constante condiciona el comportamiento incluso cuando no hay una autoridad físicamente presente. Hasta cierto punto, es la misma lógica que ha impuesto en Occidente el fenómeno de la cancelación social promovido por ciertos sectores del activismo woke y la marabunta de los social justice warriors. Su mayor logro -para bien o para mal- no es tanto el acto de la cancelación en sí, que opera como un sistema de justicia paralela, sino la autocensura que induce en las personas por miedo a convertirse en sus próximas víctimas. Así, muchos evitan ciertos actos no por convicción moral, sino por temor al castigo social.
Esto nos lleva a preguntarnos: ¿es el miedo una herramienta válida para moldear el comportamiento humano a largo plazo o solo una solución temporal y superficial? Porque todo fenómeno basado en la coacción tiende a generar una reacción opuesta. El wokismo, tras alcanzar su punto álgido, vive ahora un efecto péndulo en el que el conservadurismo y el autoritarismo adoptan sus mismas estrategias, perpetuando el ciclo de imposición y censura.
Pero, ¿qué ocurre cuando el miedo desaparece? Cuando no hay cámaras, ni jueces, ni estructuras que impongan una disciplina externa, ¿seguimos actuando con integridad? Aquí es donde entra en juego la madurez personal. Ser una persona íntegra no es un comportamiento de cara a los demás, sino una forma de ser, incluso cuando nadie nos observa. Es elegir no hacer daño, pensar en el bien común, aun cuando no haya consecuencias tangibles por nuestros actos.
En otras palabras, la verdadera evolución moral de un individuo no radica en obedecer normas por temor a las consecuencias, sino en la capacidad de prever los efectos de sus acciones y asumir la responsabilidad de ellas. Esta es la diferencia entre la moral heterónoma, propia de la infancia, y la moral autónoma, que debería caracterizar la adultez pero que, en muchos casos, nunca llega a desarrollarse por completo.
Tal como explicaba Jean Piaget: la moral heterónoma obedece reglas impuestas externamente, mientras que la moral autónoma surge de una convicción interna. Es decir, una persona madura no necesita que una autoridad le imponga límites, porque ha desarrollado la conciencia suficiente para establecerlos por sí misma. Este concepto se alinea con la visión de Immanuel Kant sobre la autonomía moral, donde la verdadera libertad no es hacer lo que se desea, sino actuar conforme a principios racionales que respeten la dignidad de los demás.
Nietzsche, en Así habló Zaratustra, afirmaba que el ser humano debe superar su estado de dependencia y transformarse en un "superhombre", alguien que no actúa por imposiciones externas, sino por su propia voluntad y comprensión de la vida. A esto podemos añadir que dicho proceso requiere conciencia de los propios actos y responsabilidad sobre sus consecuencias.
Este concepto resuena con la idea de que el individuo consciente y responsable entiende que sus acciones no solo afectan su propio destino, sino también el de quienes lo rodean. No actúa correctamente por miedo al castigo, sino porque comprende la interdependencia de la sociedad y el impacto de sus actos.
En este sentido, el filósofo John Stuart Mill defendía que la libertad individual solo puede existir cuando está acompañada de la responsabilidad de no perjudicar a los demás. En otras palabras, el individuo verdaderamente libre no es el que hace lo que quiere, sino el que sabe hasta dónde puede llegar sin afectar negativamente al colectivo.
Nuestro monstruo interior
Aquí es donde entra la metáfora del monstruo interior. Todos llevamos dentro una parte instintiva y salvaje, un vestigio evolutivo anclado en nuestro hipotálamo que, de no ser controlado, nos haría actuar de manera impulsiva, agresiva e irracional. Es nuestro "dinosaurio interno", el que nos empuja a la violencia, a la búsqueda del placer inmediato, a la dominación sin consideración por los demás. Sin embargo, la verdadera grandeza humana no radica en negar esa parte animal, sino en reconocer su existencia y decidir conscientemente no dejarla salir.
Carl Jung hablaba de la "sombra", esa parte de nuestro ser que contiene nuestros impulsos reprimidos y que, si no es reconocida, puede manifestarse de forma destructiva. Jung no abogaba por eliminar la sombra, sino por integrarla: conocerla, comprenderla y dominarla. Multitud de enseñanzas esotéricas y religiosas buscan precisamente ese control, aunque lo hacen desde la fe y la práctica de técnicas meditativas, como la oración, en lugar del raciocinio y la ciencia.
En este sentido, el camino puede diferir, pero el fin es el mismo: el control del monstruo interior. La persona madura no es aquella que ignora su lado oscuro, sino la que lo reconoce y elige conscientemente no actuar desde él. Esta idea se enlaza con la teoría del autocontrol de Roy Baumeister, quien sostiene que la fuerza de voluntad y la regulación de los impulsos son habilidades clave para una vida ética y productiva.
Así, el ser humano plenamente desarrollado no necesita ni el miedo ni la autoridad para comportarse de manera ética. Su conciencia de la interconexión con los demás, su capacidad de anticipar consecuencias y su compromiso con el bien común lo convierten en su propio juez. Es el individuo que, aún pudiendo hacer daño, elige no hacerlo porque sabe que su bienestar depende del bienestar de los demás. Es la máxima expresión del egoísmo inteligente, en el que el beneficio propio nace del beneficio común.
En palabras de Viktor Frankl: "Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio reside nuestra libertad y nuestro poder para elegir nuestra respuesta". La persona madura es aquella que ha ampliado ese espacio, que no responde instintivamente, sino que elige con plena consciencia el tipo de ser humano que desea ser.
El reto, por tanto, no es imponer más normas ni reforzar el miedo a la autoridad. El verdadero desafío es formar individuos que no necesiten de esos mecanismos para actuar con ética y responsabilidad. Porque el día en que la mayoría de las personas comprendan que su bien está ligado al bien común, la autoridad se volverá innecesaria y el miedo perderá su función como regulador del comportamiento.
Y es aquí donde la educación juega un papel crucial. Pero no una educación homogeneizadora y doctrinaria, sino una centrada en el desarrollo del pensamiento crítico, la empatía y la responsabilidad personal. Solo sobre estos cimientos puede construirse una sociedad en la que el miedo a la autoridad sea reemplazado por una ética personal genuina y profunda.
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